29 de junio de 2015

Algo de diversión

Julio ya está casi aquí. No sé por donde estáis vosotros, pero aquí hace un calor horrible. Mi portátil, que ya no está el pobre para mucho trotes, parece un horno crematorio. Hay que echarle valor para encenderle, por eso se me ha ocurrido rescatar un relato corto que tenía por aquí guardado. Se llama Algo de diversión.

Estamos en los ochenta, Madonna, Falcon Crest, peinados cardados y hombreras. Os hacéis a la idea, ¿verdad? Milie es un ama de casa un poco amargada, su marido no le hace caso, sus hijos ya no la necesitan y además están  pasando unos días en un campamento. Milie tiene por delante unas largas y aburridas vacaciones, pero la aparición de Josh, un chico mucho más joven que ella y que le hace sentir como si tuviese otra vez quince años, cambiará radicalmente su verano.
 











Ella podría ser Milie, Melanie Griffith, antes de que se nos echase a perder. Me gusta Melanie para Milie justo por eso, porque siempre ha estado predispuesta a echarse a perder.







Él es Josh, no sé si hace falta que os explique cuánto me gusta Josh. Yo creo que sobran las palabras.

Es una historia corta, divertida y espero que refrescante, que solo busca sacaros unas cuantas sonrisas y recordar los ochenta. De hecho tanto el título como la historia surgieron por culpa de este vídeo.




Y ya os dejo con ellos. Espero que os guste ;)



ALGO DE DIVERSIÓN


Milicent Fortenberry se miró con disgusto en el espejo. Acababa de levantarse y no es que fuese su mejor momento del día.
El moldeado que se había hecho hacía menos de dos semanas le había dejado el pelo como un auténtico estropajo. Además, todo ese volumen no le favorecía en absoluto. Parecía que tuviese un casco de astronauta por cabeza.
Cogió el cardador e intentó convertirlo en algo razonable sin demasiado éxito. Se rindió y lo recogió en un moño descuidado. Si no se daba prisa, cuando bajase, George ya se habría marchado y no lo vería en todo el día. Igual que el día anterior y el anterior… Se puso una ligera bata de raso encima del  camisón y bajó a la cocina.
Su marido recogía el maletín.
—¿Ya te marchas? –dijo ella con un tono que sonó agudo y molesto.
—Sí, tengo un poco de prisa. No me esperes para comer. Va a venir el delegado de la zona oeste. Iremos a Arby´s.
Ella replicó antes de que llegase a la puerta.
—¿Y a cenar? ¿Vendrás a cenar?
George puso cara de fastidio.
No empieces, Milie.
Odiaba que la tratase como a una niña, tanto como odiaba aquel estúpido nombre de quinceañera.
—No voy a empezar nada, George. Que te aproveche tu almuerzo —dijo amargada ya desde por la mañana temprano.
Él se detuvo fastidiado.
—Escucha. No te quedes aquí sola todo el día. ¿Por qué no vas al club? Janet me preguntó el otro día por ti. Dijo que te echaban de menos.
Al club a jugar al bridge con aquel montón de brujas. Justo en lo que estaba pensando.
—¿Y cuándo has visto a Janet?
—Vino el otro día al concesionario. Quiere comprar un coche para Susan. Va a cumplir los dieciséis. Será su regalo de cumpleaños. Oye —dijo molesto—, ¿de veras hace falta que te cuente todo esto? Ve al club y ella te lo explicará al detalle.
—Seguro.
George ignoró el retintín de su voz.
—Adiós, Milie.
La puerta se cerró. Ella suspiró y se volvió hacia la mesa de la cocina. Parecía que, en vez de solo George, hubiesen desayunado cuatro personas. Estaba harta de decirle que tenía que empezar a cuidarse. Milie había conseguido adelgazar seis kilos aquel invierno. Todos los que él había engordado.
Puso la radio porque tanto silencio le molestaba y Cindy Lauper saltó igual de efervescente y chispeante que la Coca Cola.
But girls… They want to have fun
Oh girls, just want to have fun
Just want… Just want…
Eso estaba un poco mejor. Tampoco a ella le vendría mal un poco de diversión, pensó solidarizándose con Cindy y moviendo la cabeza al ritmo de la música mientras sacaba el cartón de leche desnatada de la nevera.
Se sentó en la mesa y la visión de la cocina sucia y desordenada tras el paso como elefante en una cacharrería de George volvió a desanimarla. Mientras se bebía su vaso de insípida leche aguada observó con rencor los restos de panceta del desayuno de su marido. Para colmo Marita se había tomado unos días libres para visitar a su familia en Monterey. Tendría que encargarse ella. Casi prefería largarse al club.
That's all they really want some fun
Algo de diversión. Milie miró de refilón la caja de donuts. No debería. George no tenía la menor consideración. Sabía que estaba intentando adelgazar y dejaba aquello encima de la mesa. Claro que a él le daba exactamente igual que adelgazase o no. Por él podía ponerse como una auténtica vaca. Le daba igual todo mientras le dejase ir y venir con sus comidas de trabajo y sus cenas de negocios.  Sus negocios. Cualquiera que le oyese pensaría que George Fortenberry era un jodido genio de las finanzas, un auténtico hombre hecho a sí mismo, el puto superhéroe americano, pensó Milie resentida recordando al bueno de Ralph y su skyjama rojo, la serie favorita de su hijo Jason. Pero la realidad era que, si el padre de Milie no le hubiese dejado los cien mil dólares que necesitaba para poner en marcha el concesionario de coches, aún seguiría despachando tornillos en la ferretería de su tío Albert.
No luchó más contra la tentación y cogió un donut de chocolate. Su humor mejoró un poco y casi se enterneció recordando al joven George. Guapo, encantador, ardiente, adorable. Le había robado el corazón y se había quedado con ella como recompensa. La dulce, ingenua y estúpida Milie, el mejor partido de Mumford, casada a los veintiuno con un simple dependiente, embarazada a los veintidós y luego otra vez embarazada a los veinticinco. Desde luego ya no podía hacerse nada respecto a eso, pero si hubiese dado marcha atrás en el tiempo, habría hecho las cosas de otra forma muy distinta.
Ahora a los treinta y ocho tenía un marido con serios problemas de sobrepeso que la ignoraba, y dos hijos que apenas le contestaban cuando los hablaba. En eso habían salido a su padre. George ya le había dejado caer que  quizá no podría acompañarlos a Savannah en agosto. Si creía que iba a pasar las vacaciones sola, soportando la permanente cara de cabreo de George Jr. y la desquiciante hiperactividad de Jason mientras él hacía lo que le viniese en gana en Mumford, estaba muy equivocado.
Por lo pronto, los chicos estaban de campamento en Tuscaloosa. Tenía un mes para ella sola. Sola, desanimada y aburrida. 
Quizá George tenía razón y debería volver al club. La perspectiva de mezclarse con aquel puñado de víboras dispuestas a despellejarla a la primera de cambio volvió a deprimirla. Y la peor era Janet. Desde su divorcio se había convertido en una auténtica furcia de marca mayor. A veces se le ocurría que ella y George… Trató de desechar esa idea. Janet la odiaba desde que eran niñas porque Milie siempre tenía los mejores vestidos y ganaba todos los concursos de reina de la belleza y no solo porque su padre fuese el hombre más rico de Mumford. De joven era auténticamente bonita. Ya hacía mucho de eso, pero Janet todavía parecía resentida. Aunque de ahí a interesarse por George… Se levantó, comenzó a recoger los platos y lo volcó todo de mal genio en el fregadero. Casi le hubiese regalado George a Janet envuelto en un lazo si no fuese tan mala zorra.
Escuchó ruido fuera, pero no prestó atención. Sería Phil. Los martes venía a cortar el césped y a dar una vuelta al jardín. Normalmente ni le veía. Hacía su trabajo y se iba, pero al poco oyó cómo llamaban a la puerta principal.
Dejó los platos y se acercó a abrir. Al pasar se dio un vistazo en el espejo del recibidor y se ajustó un poco más el cinturón de la bata de raso. Tenía pelos de loca y cara de recién levantada. No eran formas de abrir la puerta,  pero Phil era como de la familia. Aunque le sacaba un par de años a George Jr. se habían criado prácticamente juntos. A ver qué quería Phil…
—¿Señora Fortenberry?
Parpadeó aturdida y boquiabierta. No era Phil. Era un chico algo mayor que Phil, pero no con más de veinte. Alto, fuerte, sin un gramo de grasa superflua que se advirtiese a través su camiseta de algodón, y con un rebelde flequillo rubio dorado cayendo sobre los ojos azules más salvajes e impactantes que Milie hubiese visto en su vida.
El chico la miraba atento y curioso. Milie solo pudo pensar en su pelo recogido de cualquier manera y en su bata rosa de andar por casa.
—¿Es usted la señora Fortenberry? —Volvió a preguntar él, amable, con la vieja cantinela del sur, esa que los chicos de ahora despreciaban y procuraban evitar para que no  los tachasen de paletos, colgando suave de sus palabras.
—Sí, sí, soy yo —atinó a decir Milie recuperando un poco la compostura y tirando más de los bordes de su bata.
—Eso pensé —dijo él con una sonrisa que dibujó dos hoyuelos simétricos a ambos lados de su rostro. Lo que Milie pensó fue que no se podía ser más insultantemente perfecto de lo que lo era aquel muchacho—. Me manda Phil.
—¿Phil? —dijo Milie intentando recuperar su lugar y posición habitual sobre el planeta Tierra: vertical y con los pies en el suelo.
—Sí. Se ha roto un brazo y me dijo que a usted no le importaría que le sustituyese para ocuparme del jardín y de cualquier otra cosa que pudiera necesitar —dijo con otra sonrisa que volvió a dejarla deslumbrada y parpadeante.
Él se quedó callado, observándola. Milie comprendió que debía de parecer una auténtica idiota.
—Comprendo. Sí. Perfecto. No hay ningún problema. Puedes empezar cuando quieras.
El chico continuó parado en la puerta y ella empezó a ponerse nerviosa. ¿A qué demonios estaba esperando?
—Si me dice lo que quiere que haga —sugirió en voz baja.
Milie volvió a sentirse muy, muy estúpida.
—¿No te lo ha dicho Phil? —preguntó con un tono que a ella misma le pareció chillonamente agudo.
—Solo que le preguntase a usted —dijo él con otra pequeña sonrisa a modo de disculpa.
—Ya —replicó tratando de reponerse de aquel alarmante ataque de atontamiento.
Por el amor de Dios. ¡¡¡Era solo un crío!!! Debía de tener ¿cuántos? ¿Cuatro o cinco años más que George Jr.? Ese pensamiento la hundió por completo. Se dirigió al él más repuesta, pero aún enfadada por su, en comparación con el de él, penoso aspecto.
—Espera aquí —dijo ya metida en su papel de mujer casada, responsable, madura y perteneciente a la mejor sociedad de Mumford—. Acababa de levantarme y no esperaba visitas. Voy a terminar de vestirme y después te enseñaré donde están las cosas.
Él le dirigió otra corta pero deslumbrante sonrisa y la seguridad de Milie volvió a desvanecerse un poco más. Subió las escaleras perpleja y algo avergonzada de sí misma. Milicent Fortenberry, ¿se puede saber qué haces comportándote como una colegiala?
Entró al dormitorio, se quitó la bata y el camisón y los tiró de cualquier manera sobre la cama deshecha. Rápidamente se puso una combinación, antes de que el pensamiento de que estaba desnudándose  mientras estaba sola en casa con aquel chico se instalase con más fuerza en su cabeza. Podría ser tu hijo, se dijo a sí misma mientras buscaba entre las prendas colgadas en el armario, pero enseguida se respondió. No, de eso nada. Su hijo tenía quince años y por cierto que fue madre bastante joven. Desde luego George Jr. no se parecía en nada a este chico, ni tampoco sus amigos. A Dios gracias.
Se decidió por un vestido de verano del año pasado, que le quedaba mejor ahora que había adelgazado. De color beige, recto y ajustado al talle. Sencillo pero correcto, mejor que la bata. Del pelo prefería no opinar. Se quitó las zapatillas de andar por casa y se puso unas sandalias de tacón. ¿Demasiado tacón para salir al jardín?  Mmmm. Quizá demasiado, sí, pero ese maldito chico le sacaba por lo menos veinte centímetros. Necesitaría un poco de ayuda para mirarle a los ojos. Por cierto, qué ojos,  se dijo sintiéndose trastornar otra vez.
Él seguía esperando donde le había dejado.
—Vamos. Te enseñaré el garaje para que cojas lo que necesites. Está abierto. Phil llega y entra, y tú puedes hacer lo mismo  —dijo sintiéndose de nuevo inexplicablemente nerviosa.
—Usted primera —dijo él abriendo la puerta y acompañando el movimiento con un gesto de la mano para cederle el paso. Una galantería pasada de moda y que no pegaba nada en un chico tan joven, pero que a Milie le hizo sentir como si acabase de escapar a una novela o a alguna de esas películas de las que George siempre se reía cuando la sorprendía viéndolas de nuevo.
—¿Otra vez Escarlata O´Hara?
Maldito George. ¿Para qué se había inventado el vídeo si no era para ver una y otra vez tus escenas favoritas?
El sol de julio la cegó por un instante al salir al jardín. Enseguida se le acostumbró la vista. Echó a andar con cuidado de no salirse de las losas del sendero para que los tacones no se le hundiesen en el césped. Phil venía una vez a la semana y todo estaba impecable. La hierba, solo un poco alta, lucía verde y brillante, y la piscina destellaba en azules tonos transparentes. Ahora que no estaban los chicos solo se bañaba ella. Demasiada piscina para una sola persona, Milie, sugirió una voz turbia que prefirió ignorar.
Abrió el garaje y el Ford Mustang V8 convertible de George, con  sus doscientos veinticinco caballos encerrados bajo su carrocería rojo fuego perfectamente encerada, se agitó con reflejos de acero, como una fiera gritando por ser liberada.
—Bonito coche —dijo él admirativo con un silbido bajo.
—Sí —reconoció ella con desgana, viendo cómo a él se le iba la vista fascinado hacia la aerodinámica y estilizada línea del Ford y se acercaba, atraído como por un imán, para acariciar la tapicería de cuero—. Es el ojito derecho de George —señaló sin poder disimular el resentimiento.
Él se giró, olvidando por un momento al coche, y la miró con una curiosidad que Milie ya había apreciado en él. Debió notar que no estaba contenta.
—Su marido es muy afortunado de tener tantas cosas bonitas.
El resentimiento se desvaneció como por encanto.
—Ehhh… Le diré que te gusta —dijo ella esforzándose por que su sonrisa no pareciera demasiado estúpida—. Le vuelve loco que todos admiren su coche. Bien, aquí está el cortacésped. Si necesitas cualquier cosa…
—Se la pediré.
—Eso es —asintió Milie pensando que aquel era un momento tan bueno como cualquier otro para dejar de mirarle embobada y volver a la cocina—. Bien. Te dejo.
Pero solo había dado un par de pasos cuando se dio la vuelta.
—Por cierto, no me has dicho cómo te llamas.
Él contestó regalándole otra sonrisa.
—Josh, señora.
—Josh. ¡Qué bonito nombre! —exclamó arrepintiéndose al momento de haber dicho semejante tontería. ¿Qué más daba un nombre que otro? Aunque se hubiese llamado Leopold habría estado igual de imponente—. Y tú puedes llamarme Milie. Tampoco soy tan mayor —señaló riendo tontamente y sintiéndose, ahora sí, absolutamente ridícula.
—No es mayor en absoluto —aseguró él posando en ella sus impresionantes y matadores ojos azules—, señora Fortenberry.
No fue lo que dijo. Fue cómo lo dijo. Las palabras derritiéndose en su boca como un caramelo. Por un segundo, se sintió atractiva, deseada y muy, muy sexy. Luego reaccionó y se le pasó lo justo para conseguir despedirse sin tartamudear.
—Bien. Estaré dentro si me necesitas.
Él asintió un poco con la cabeza. Milie salió sola al implacable sol de julio.
Jesús.
***

—No sé si podré hacerlo —decía Lance a su abuela Angela—. No creo que sea buena idea.
—Haz lo que te digo y deja que yo me ocupe de pensar —respondió con frialdad Angela—. Richard y esa mosquita muerta de Maggie Gioberti no se reirán de mí.
El plano se centró en la cara de mala leche de Angela Channing y los créditos finales de Falcon Crest aparecieron en la pantalla. Milie suspiró. Le gustaba la malvada Angela, pero le gustaba más Richard Channing, claro que Maggie era tan sosa que no se merecía a Richard. Hacía mejor pareja con el pelmazo de Chase.
Los comerciales de la teletienda empezaron. Se levantó del sofá, ignorando los anuncios de cuchillos mágicos y sartenes que nunca se pegaban, y fue hacia la ventana. El rumor sordo del cortacésped seguía sonando. Se dedicó a observar discretamente protegida por las cortinas.
Le daba mil vueltas a Lorenzo Lamas.
¿De dónde habría salido? No es que conociera a todos los habitantes de Mumford, la ciudad había crecido mucho, pero ponía la mano en el fuego a que no era de por allí. Tal vez era familia de Phil y estaba pasando en Mumford las vacaciones de verano. ¿Y a ti qué te importa lo que esté haciendo, Milicent? Nada, a ella no le importaba nada, se dijo apartándose de la ventana, pero lo suyo era llamar a la madre de Phil e interesarse por el brazo roto de su hijo. Así a lo mejor se enteraba de algo.
La musiquilla de El precio justo comenzó a sonar en la tele. Marcó el número. La madre de Phil respondió al cuarto tono.
—Dígame —respondieron al otro lado.
—Arlene. Soy yo, Milie —dijo un poco insegura. No es que conversasen habitualmente—. ¿Está bien Phil? He oído que ha tenido un accidente.
—Ah, Milie. Te iba a llamar, pero entre unas cosas y otras. Te juro que me tiene de los nervios. No sé cómo no se rompió la cabeza. Estaba haciendo el idiota con la moto y se cayó. La ha destrozado, pero no vamos a comprarle otra. Así aprenderá.
—Las motos son un peligro —señaló Milie—. Yo tampoco le dejo a Junior que las monte. George piensa lo mismo. Además, al año que viene ya podrá conducir.
—Los coches son más seguros, pero también se pueden estrellar con ellos —aseguró Arlene molesta. Tal vez porque no podían regalarle un coche a Phil.
—Sí, tienes razón —dijo Milie que no quería discutir con Arlene sobre seguridad vial—. ¿Y va a estar mucho tiempo escayolado?
—Le han dado para noventa días. Por eso se lo ha dicho al chico ese. Josh. Ha ido él, ¿no?
—Sí, sí, creo que se llama así. No es de por aquí, ¿no?
—Por lo visto era nieto de Doug Parker. Se ha instalado en su casa. Phil dice que se la dejó en el testamento.
—¿La vieja casa de la avenida Spring? No es gran cosa.
Milie recordaba a Doug, un anciano huraño de mal aspecto, y el de la casa no era mucho mejor.
—Puede que sea gran cosa para él. No estoy muy convencida de que a Phil le convenga ser su amigo. Toda esta historia de las motos ha sido cosa suya. Andan los dos tratando de arreglarla, pero si por mí fuera la prendería fuego ahora mismo.
—Supongo que querrá establecerse —dijo Milie con la curiosidad un poco más satisfecha, aunque resultaba extraño que, pudiendo ir a cualquier sitio, alguien decidiese ir a parar a Mumford—. En fin, no te entretengo más. Dale recuerdos a Phil y dile que se mejore.
—Se lo diré. Saluda a George y a los chicos.
—De tu parte, Arlene  —contestó antes de colgar.
Se acercó a la ventana. Un chico con toda la vida por delante en busca de nuevas oportunidades. 
No es que tuviesen mucho en común.
El cortacésped se calló. Milie vio cómo vaciaba el cestillo y se limpiaba las manos en los vaqueros antes de dirigirse hacia la casa.
Volvió rápidamente al sofá y se puso a ver El precio justo como si le interesase muchísimo cuánto podía costar una lavadora.
Un par de  suaves golpes sonaron en la puerta. Se levantó y tiró hacia abajo del vestido para alisar las arrugas que se le formaban en la cintura. Allí estaba.
—¿Ya has terminado?  —dijo sonriendo amable.
—Así es. Espero que esté a su gusto.
Otra vez esa sonrisa y esa voz suave, acariciadora.
—¿Cuánto te debo?
—Lo que le diese a Phil estará bien.
—Iré a por ello. Pasa. No te quedes fuera. Vuelvo enseguida.
Fue a la cocina y cogió su monedero. Dudó con los billetes en la mano. A Phil le daba quince dólares, pero no quería parecer tacaña. Al final cogió veinte.
—Aquí tienes —dijo regresando y tendiéndole el dinero—. Espero verte la semana que viene.
—Si sigo por aquí —dijo él con otra de aquellas desarmantes sonrisas.
—¿Estás solo de paso?
—Algo así. Pensé que habría algo para mí en Mumford, pero creo que me equivoqué.
—No hay gran cosa para nadie en este maldito lugar. Tienes mucha suerte de poder largarte cuando quieras —afirmó convencida—, pero si decides quedarte y puedo serte de ayuda… —se detuvo más cohibida—.  Solo quiero que sepas que si me necesitas, ya sabes donde estoy.
Él rio con naturalidad y la miró con más simpatía.
—Lo tendré en cuenta, señora.
Milie renunció a pedirle que dejase de llamarle señora. Habría resultado un poco patético, y después de todo no sonaba tan mal cuando él lo decía.  Resultaba cálido y dulce. Todo él resultaba cálido y dulce.
Seguía mirándola con curiosidad. Milie se obligó a despertar. Se suponía que Josh ya debería haberse despedido, pero no lo hacía ni se marchaba y ella no sabía qué más podría decir. Así que quizá por eso se encontró proponiéndole aquello.
—Estoy pensando que Marita, la chica que me echa una mano con la casa, tiene vacaciones, y mi marido está todo el día fuera trabajando, y los chicos también andan de acampada en algún lugar del estado… —Milie rio un poco histérica, ¿y ahora por qué le estaba contando todo eso a él?—. Lo que quiero decir es que me vendría bien que alguien me echase una mano con la piscina y las tareas más pesadas —¡¿Como por ejemplo, Milicent?!—. Si no tienes nada mejor que hacer, claro —se apresuró a señalar mientras desechaba todas aquellas preguntas.
Él siguió mirándola un poco más sin responder. Ella se sintió aún más incómoda.
—No tengo nada mejor que hacer —reconoció ladeando la cabeza y terminando la frase con otra deslumbrante sonrisa—. Se lo agradezco.
Milie también sonrió mucho más contenta.
—¡Estupendo! ¿Entonces mañana a la misma hora?
—No faltaré —dijo con algo que sonó a complicidad. Como si los dos compartiesen un secreto.
Se guardó el billete de veinte dólares en el bolsillo de atrás de los vaqueros y se despidió llevándose la mano a la frente, saludándola con un sombrero que no estaba ahí. Ella permaneció junto a la puerta viendo cómo se subía a una Harley no muy grande y bastante vieja, pero que rugió potente cuando él accionó el contacto. Le sonrió de nuevo, dio un par de acelerones y se alejó a toda velocidad.
Milie suspiró con mucha fuerza.
***
Los hombros le ardían, pero no pensaba moverse de la tumbona.
Se había puesto su bañador nuevo estilo años cincuenta, que le afinaba el talle y le alzaba el pecho, y remataba el conjunto con una pamela negra ancha. Mientras, a pocos metros de ella, Josh se había quitado hacía bastante rato la camiseta y cavaba un profundo hoyo. Era el tercero. El sudor hacía brillar su piel y los vaqueros le caían alarmantemente bajos. Milie hacía como que leía una revista y la vista se le iba sola protegida por la seguridad de sus gafas negras de sol.
Se sentía igualita que Joan Collins. Fría, perversa y calculadora.
Había decidido introducir cambios en el jardín. Recortar los setos, plantar algunos rododendros y unas cuantas magnolias. Lo había comprado todo el día antes en el vivero. Las plantas medían más de dos metros y se las iban a traer esta tarde con un camión. Mucho trabajo.
Josh se tomó un respiro, se pasó el brazo por la frente para quitarse el sudor y le echó un largo vistazo. Milie extendió más si cabe las piernas sobre la tumbona. Era lo mejor que tenía. Largas y bonitas. Esperaba que él también estuviese de acuerdo.
Le sonrió. A ella también se le escapó una sonrisa antes de recordar que se suponía que estaba leyendo su revista. Hundió otra vez la cabeza en las páginas del Cosmopolitan. Le pareció que él se reía un poco antes de ponerse otra vez a cavar. De acuerdo, tal vez no era lo suficientemente fría.
Eran las doce del mediodía y hacía un calor infernal. Su pose de mujer fatal le iba a costar quemaduras de tercer grado, pero se resistía a meterse en la piscina. No le gustaba demasiado bañarse y se le estropearía el peinado. Había estado en la peluquería y le habían dejado una estupenda melena corta ondulada, muy años cincuenta también, a juego con el bañador. Betty decía que los cincuenta estaban volviendo y le había preguntado si quería teñirse de rubio platino. Milie había decidido que ya se había hecho bastantes estropicios en el pelo por ese mes. Además, era rubia natural.
No iba a arruinar su peinado metiéndose en el agua, pero en cambio no estaría mal que Josh lo hiciera. Milie imaginó la conversación.
¿Por qué no te das un baño, Josh? Hace tanto calor…
—No llevo nada debajo de los vaqueros, señora.
Tuvo que pasarse la lengua por los labios resecos. Su imaginación calenturienta le estaba gastando una mala pasada. Aunque, por lo bajo que llevaba los vaqueros, habría jurado que la realidad superaba a la ficción.
No he traído bañador.
—Puedo dejarte uno de…
¿De quién? ¿De George? Prefería no imaginar a Josh con uno de los bañadores XXXL de George. ¿De Junior?  Eso también prefería no imaginarlo. Incluso en su fantasía todo eran inconvenientes. Decidió saltarse esa parte.
¿No te apetece un baño, Josh?
—Me ha leído el pensamiento, señora  —dijo la versión corregida y complaciente de Josh con una sonrisa de buen chico—. Era justo en lo que estaba pensando.
El Josh imaginario se soltó la hebilla de su cinturón ancho de piel y se bajó los vaqueros. Se quedó solo con unos boxers negros sobre su escultural cuerpo desnudo. Después le dedicó otra sonrisa y saltó al agua con un estilo digno del mismísimo Greg Louganis. Las gotas de agua imaginaria salpicaron a Milie. Josh cruzó la piscina a estilo croll y salió del agua con solo el impulso de sus fuertes y poderosos brazos.
Está estupenda —dijo con una mirada salvaje, chorreando agua por todos los poros de su cuerpo.
Entonces se sentó junto a ella que lo miraba extasiada en la tumbona y la besó. Estaba frío y mojado y era justo lo que necesitaba.
Señora Fortenberry… —dijo él.
Era tan perfecto que Milie casi creía sentirlo. Sus manos frescas sobre su piel que ardía. El agua goteando encima de ella. Sus labios húmedos…
—¡Señora Fortenberry! ¿Me oye?  —gritó él más fuerte. Milie se espabiló y le miró todavía un poco alelada—. Le decía que si aquí le parece bien.
—Ehhh…Sí, sí —dijo ella. Habría dicho que sí a cualquier cosa—. Ahí estará perfecto.
Josh comenzó a cavar otro hoyo y ella se dijo que, si seguía así, pronto no distinguiría la realidad de las alucinaciones.
Llevaba más de una semana inventando excusas para tener ocupado a Josh y las ideas empezaban a agotársele. En cambio, las fantasías empeoraban por momentos. Tenía que hacer algo, pero es que era demasiado para cualquiera tener a semejante ejemplar de hombre prácticamente semidesnudo en su jardín. Además, no todo era culpa suya, se decía justificándose. Ese chico le echaba unas miradas capaces de hacerle arder por combustión espontánea, y ella no era de piedra. Aunque, por supuesto, aquello no era más que un coqueteo inofensivo. Estaba casada y él era demasiado joven para estar realmente interesado. Lo era, ¿no?  Su mirada furtiva le hizo dudar de nuevo. No pudo evitar corregir la postura y enderezarse un poco más.
Un coche pasó por la calle con las ventanillas abiertas y la música a todo volumen. Se paró justo delante de la valla y Material Girl inundó su jardín acompañado por la voz chillona de Susan Harris.
—¡Hey, Josh!
Susan y sus amigas asomaron la cabeza por las ventanillas del recién estrenado coche de Susan. Josh las saludó con la mano. Susan paró el motor, pero no la música, y tres replicas de Madonna se bajaron del coche y se acercaron a la verja por el hueco que dejaba un alibustre medio seco. Milie anotó mentalmente otro cambio urgente que hacer en el jardín: tapar ese hueco.
—¿Qué hay, gatitas?
 ¿Gatitas? El corazón ajado de reina malvada de Milie dio un vuelco apuñalado por el rencor y la envidia hacia aquellas adolescentes de vientre plano que lucían el ombligo al aire y no necesitaban sujetador.
—Te hemos visto y hemos parado a saludarte —dijo Susan que llevaba la voz cantante—. Buenos días también para usted, señora Fortenberry —dijo educada Susan levantando más la voz.
Ella le hizo un gesto desganado a Susan. Estaba visto que era igual de zorra que su madre.
—Esta noche vamos a ir todos a Sweeney para celebrar mi cumpleaños. He pensado que a lo mejor te apetecía venir.
Las risitas de las amigas de Susan sonaron de fondo. Milie se indignó. Susan salía con el quaterback titular del instituto. ¿Qué hacía tonteando con un chico que no llevaba ni un mes en Mumford?
—Seguro, Susan —dijo Josh con su sonrisa de cowboy—. Allí estaré.
—¡Guay! —dijo ella dando un saltito sobre sus zapatos planos—. Nos vemos. Adiós, señora Fortenberry.
Esta vez Milie no se molestó ni en levantar la mano. El coche arrancó y se llevó a las chicas y a Madonna y la calma volvió al jardín y Josh a su hoyo, pero a ella se le había agriado el humor. Además, se estaba achicharrando.
Se levantó y se metió para dentro sin dar explicaciones. Hacía un calor horrible y estaba roja como una gamba. Subió a su cuarto, se metió a la ducha y abrió el agua fría. Casi sintió el vapor salir de sus hombros. Cuando ya estaba mojada se acordó del pelo. A la mierda el peinado de diez dólares. Cerró el grifo y salió de la ducha de peor humor que antes. Se embadurnó los hombros y la punta de la nariz de after sun y se miró en el espejo. Ahora ya no se sentía una mujer fatal en absoluto, bueno, sí que se sentía fatal, pero en otro sentido.
Se extendió el after sun por la cara, se recogió el pelo mojado con una pinza y se puso una camisola de estar por casa. Por aquel día ya había tenido bastante sofisticación. Más valía que empezase a preparar la comida, aunque, total, George tampoco iba a venir a comer. Haría una ensalada y picaría cualquier cosa.
Estaba trasteando en la cocina cuando, al darse la vuelta, casi se chocó con él.
—¡Ah, Josh! —dijo tratando de recuperarse de la impresión—. Eres tú. No te había oído entrar.
—La puerta estaba abierta —se excusó él—. Pensé que podría tomar algo fresco. Hace mucho calor.
—Sí que hace calor —dijo ella poniendo un poco más de distancia entre los dos y procurando adoptar su mejor actitud de atenta ama de casa—. ¿Quieres limonada? La hice esta mañana.
—¿No tiene cerveza?
—Cerveza, claro. Te traeré una.
Sacó una cerveza de la nevera y se puso un vaso de limonada para ella. Alguien tendría que bebérsela. Josh abrió la cerveza, le dio un trago y la miró por encima de la lata.
—¿No le habrá molestado que me parase a hablar con Susan y las chicas?
Milie casi se atragantó con la limonada.
—¿Cómo dices? Qué tontería. ¿Por qué iba a molestarme?
—No sé. Me pareció que no le gustaba  —dijo él sin dejar de mirarla.
—No, no… Es solo que no soporto a su madre y ella tampoco me cae muy bien, pero tú haces bien en salir y divertirte. Seguro que lo pasarás bien esta noche —dijo ella con una sonrisa que quería ser sincera.
—En realidad no voy a ir a esa fiesta.
—¿Ah, no?
—Solo le he dicho que sí para quitármela de encima. Es demasiado cría para mí. Ya sabe lo que quiero decir —señaló con su irresistible sonrisa traviesa.
—Vaya… Pues… —rio un poco Milie mientras intentaba pensar rápido algo coherente que decir y que no incluyese las palabras: pues que se joda esa maldita zorra—. Pues se va a disgustar.
—Que le den —dijo Josh dando otro trago a su cerveza.
Ella se río, esta vez de veras y con ganas. Estaba mucho más guapa cuando se reía.
—Se ha cambiado el pelo —dijo él fijándose.
—Si, es más cómodo. El calor, ya sabes…
—Me gusta también así —dijo Josh.
Milie no supo que contestar a eso, así que no dijo nada.
—Tiene un poco de crema… —dijo Josh señalándose la  mejilla con la mano.
Ella se llevó la mano en un acto reflejo siguiendo la dirección de su mirada.
—¿Ya?
—Casi.
Le acaricio la mejilla con la yema de los dedos.
—Ahora.
Simplemente ocurrió. Ella supo que iba a hacerlo y no se quedó a esperar. Fue un impulso, como esos de los anuncios de desodorantes. Más que besarse se tropezaron. Ella se arrepintió casi al momento. Él no se arrepintió y se abalanzó sobre ella empujándola contra la encimera. Milie se dejó llevar como lo habría hecho si la hubiese arrollado un tren de mercancías. Era todo más atropellado que otra cosa, pero la piel le ardía como si no le hubiese hecho el más mínimo efecto el after sun, al menos hasta que les cayó encima un jarro de agua fría. Bien, en realidad fue la limonada.
—¿¡Qué diablos!?
Él se apartó sobresaltado. Sin querer y con la emoción, Milie había dejado caer el contenido del vaso entre los dos. Se había puesto la camisola empapada. Josh también se había mojado, solo que él no llevaba camiseta.
—Yo…Yo… Lo siento mucho —dijo Milie apurada y chorreando  limonada.
Él la miró un segundo indeciso. Ella correspondió avergonzada. Cuando se quisieron dar cuenta ya estaban otra vez besándose, y esta vez les salió bastante mejor. Ella se dejaba y él le metía la lengua hasta las amígdalas y la apretaba muy fuerte contra él. Y estaba tan duro. Y no se refería solo sus abdominales.
Josh la alzó, la tumbó sobre la encimera, le abrió la camisola y le lamió las gotas de limonada que aún le escurrían por el escote. Milie creyó desfallecer. Se sentía Kim Bassinger en Nueve semanas y media. Lista para que Josh le diese yogur con los dedos  o le restregase un cubito de hielo por entre los muslos o cualquier otra cosa delirante y prohibida. Delirante y prohibida para Milicent Fortenberry, claro está, pero no para la Milie que se aferraba al borde de la encimera mientras Josh continuaba su búsqueda de restos de limonada por los lugares más insospechados.
—Oh, nena —murmuró él, mientras Milie llegaba a un clímax digno de la máxima calificación en los tests de las revistas. Lo que hacía ese chico con la lengua debía ser ilegal.
Pero no se conformó con eso, claro. La besó como si no pudiese vivir un segundo más sin hacerlo, la tomó entre sus brazos y la llevó a la mesa de la cocina. A Milie se le secó la garganta cuando comenzó a desabrocharse el pantalón, a la vez que sufrió un repentino ataque de pánico. Por la magnitud de lo que ya entreveía, pero también por algo más.
—¡Espera! ¡No podemos hacerlo aquí!
Aquella era la mesa en la que desayunaba todos los días con George, allí cenaban sus hijos. Si lo hacían ahí tendría que comprar otra mesa. No podría seguir comiendo como si tal cosa.
Josh se detuvo. Sorprendido, pero obediente.
—¿Prefieres que vayamos al dormitorio?
Su cara de espanto le dio la respuesta.
—Se me ocurre una idea mejor —sugirió Josh con una de sus arrebatadoras sonrisas.
***
Despeinada, exhausta, sudorosa, con la piel roja y quemada, pero radiante y muy satisfecha. Así se sentía mientras Josh volvía a abrocharse los pantalones vaqueros y ella trataba de recuperar el aliento, tendida cuan larga era sobre el capó del Ford Mustang de George. Desde luego jamás volvería a mirar a ese coche con los mismos ojos. Sus dedos acariciaron la pintura metalizada con cariño. Hacía apenas unos minutos, esos mismos dedos habían recorrido cada centímetro del perfecto cuerpo de cuya visión aún disfrutaba.
—Siempre quise hacerlo sobre un descapotable —sonrió él—. Y ha sido aún mejor de lo que pensaba.
Milie también sonrió. Ella no lo había imaginado nunca. Quizá su problema era que no tenía suficiente imaginación. O le faltaba la compañía adecuada para avivarla.
Hasta aquel momento.
—¿Te gustaría conducirlo?
Los ojos de Josh se aguzaron brillantes. Después de todo tenía veinte años y era un hombre. No resultaba difícil adivinar qué le haría feliz.
—¿En serio?
Milie cogió las llaves y se las lanzó.
—Llévame muy lejos, vaquero.
La sonrisa que le devolvió Josh cuando las cogió al vuelo habría podido usarse para vender cualquier cosa. Milie la habría comprado.
—Cariño, ya puedes ponerte bien guapa.
***
Se miró en el espejo antes de salir. Su imagen le devolvió una mirada complacida. La culpabilidad estaba presente, pero quedaba bien escondida. Se vio bonita como hacía tiempo que no se veía. Quizá no era culpa de George, quizá era solo culpa suya por conformarse con quejarse de lo que tenía y no hacer nada para mejorarlo.
De seguro que tendría mucho tiempo para pensarlo, pero no en aquel momento. Josh estaba esperando.
La idea de que se hubiese largado con el coche pasó un momento por su cabeza cuando vio el garaje vacío. Pero no. Estaba en la calle. Apoyado contra la puerta del Ford al pleno sol de julio.
—¿Lista?
Se había puesto gafas oscuras, un pañuelo muy chic en la cabeza, el vestido negro de cóctel que le sentaba de muerte y sus mejores zapatos. Se sentía lista para cualquier cosa. Subió al coche y cerró la puerta con fuerza.
—Pisa ese acelerador hasta el fondo.
Josh no tardó un segundo en responder. El Ford rugió y salió de la avenida dejando atrás grabadas las marcas de las ruedas.
Mientras atravesaban Mumford, Milie se recostó contra el mullido asiento de cuero y cruzó una mirada cómplice con Josh. Se sentía feliz, joven y atrevida. Ya pensaría después qué iba a hacer con George y con su vida.
Mañana.
Hoy era un radiante día de verano de 1986 y pensaba exprimirle hasta la última gota de jugo.





11 comentarios:

  1. Como siempre genial, Marisa
    Fresquito, fresquito. Muy de Summer!
    Gracias por compartirlo!

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  2. Gracias por el aperitivo, mmm... me lo bajo y me dejo el resto para luego, jejeje :D
    ¡Un superabrazo!

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  3. Qué chulo! Gracias por colgarlo aquí!
    Besos, Marisa!

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  4. Gracias, guapas!!!! Siermpre estáis ahí aunque haga frío o calor! <3 <3 <3 <3 Y mira que ahora hace calor... XD Mil besos!!!!!

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  5. Uy se quedó en el momento más interesante, me gusta. Ahora mismo me hago con él y con Josh si quisiera y yo pudiera!!!
    jajajajaja.

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    1. Ay, Noemí! No estaría mal, verdad??? Creo que eso mismo es lo que piensa MIlie... XD Espero que te guste :))) Un besazo y gracias!!!!

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    1. Me alegra mucho que te haya gustado, Ángela!! :))) Un beso enorme y muchas gracias por pasar <3 <3 <3 <3 <3 <3

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  7. Divertido y sensual a la vez. En serio que es una lectura muy grata con este calorcito. Gracias por compartirla, guapa!! Montones de besos.

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    1. Gracias a ti por leerlo, Nieves <3 <3 <3 <3 Es muy veraniego, sí! :P Y me hace muy feliz que te haya gustado :))) Un besazo!!!!

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