4 de diciembre de 2013

Recuerdo de Segovia

Este finde me he ido de escapada a Segovia. No ha sido la primera vez porque me pilla relativamente cerca, una hora y media más o menos, y es una ciudad que reune todos los requisitos para que no me importe volver a visitarla una y otra vez. Historia, encanto, castillos, conventos, iglesias, palacios...

Recuerdo, por ejemplo, un día de Año Nuevo. Había nevado y la ciudad estaba vacía y helada. Hacía tanto frío que tuvimos que entrar a una tienda de souvernirs para comprar gorros y guantes. Recuerdo que comimos en un mesón justo enfrente del Acueducto, sopa castellana, esa que es solo caldo con trocitos de pan tostado, y lo que más recuerdo es que, en comparación con el frío que hacía en la calle, allí dentro se estaba en la gloria.




También recuerdo otra visita en Viernes Santo, por contra ese día no se podía caminar. Era una cálida mañana de primavera y las calles estaban a reventar. Nada que ver con la Segovia desierta y helada de la otra vez. Esa visita fue un poco frustrada porque las multitudes no me entusiasman. Prefiero los callejones solitarios. Y sin embargo, cuando ya nos íbamos, dimos con una escena que parecía escapada de El péndulo de Foucault o El código da Vinci o cualquier otra novela de hermandades ocultas y secretas. Fue en la pequeña iglesia de la Veracruz que pertenece a la orden de Malta y que según la tradición conserva una reliquia de la lignum crucis. Los caballeros estaban celebrando el ritual y os aseguro que fue una de esas cosas que no se olvidan así como así. 




Esta semana no hacía tanto frío como en aquel Año Nuevo ni había tanta gente como en Semana Santa. La ciudad estaba tranquila y apacible. He vuelto a recorrer las calles conocidas y he descubierto espacios nuevos. La gélida y humilde pensión en la que vivió durante doce años Antonio Machado o el monasterio de San Antonio el Real, antiguo palacio de Enrique IV de Castilla, hermano de Isabel, la Católica. Una joya poco conocida que aún se conserva tan cual el rey la quiso.



Y más historias, cómo la acusación de profanación (casi con toda seguridad falsa) y el posterior suplicio del médico personal del rey Enrique III, Meyr Alguades, que desembocó en la confiscación de la sinagoga mayor, o la leyenda del montón del trigo y el montón de paja, o la de la mujer muerta, a la que pude ver con claridad envuelta por la nieve cuando ya nos alejábamos...




No se ve nada, pero creedme, estaba allí...


Y eso, que aún pienso volver muchas más veces a Segovia.

4 comentarios:

  1. Me encanta Segovia! He ido millones de veces cuando vivía en Valladolid y otras tantas después, pero me sigue apasionando. Creo que la imagen del Alcázar nevado es de lo más bonito que he visto nunca! Y para anécdota, el mes de Julio antes de casarme, fuimos a pasar unos días y tuvimos que entrar en una tienda de souvenirs a comprar dos sudaderas bien gordas... DEL FRÍO QUE HACÍA (JULIO!!!!!!!). Casi nos da un mal, pero Segovia es así.......... Un beso, Ari!

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    1. Pues si eso fue en julio imáginate un uno de enero XD Menos mal que estaba todo tan bonito que casi no importaba... Besazos grandes!!!

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  2. Es preciosa, qué joyitas tenemos cerca y qué poco las disfrutamos, jejeje. Queda pendiente que me enseñes Toledo desde tus ojos, preciosa mía.
    Un besote!!!

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    1. Sí!! además me acabo de acordar que hicimos una apuesta y la perdi... o sea que te debo una cena. Ves buscando hueco en la agenda!!!

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