12 de septiembre de 2016

Forajido Versión 0.0

Me encantan los días de estreno. Después de esperar durante meses a que todo esté listo (correcciones, portada, sinopsis, fecha de publicación) por fin puedes decir: aquí está, espero que os guste.
 

Y puedes hablar de ella, y es que hacerlo antes da un poco de reparo, es como hablar sola. Pero como ya está disponible en todas las plataformas digitales quería explicaros cómo surgió Forajido.

Resulta (soy así de acaparadora) que tengo esbozos de posibles tramas casi para cada época, Renacimiento, Antigua Roma, Inglaterra victoriana... (luego dejo de soñar despierta y se me pasa). También una sobre el lejano oeste, pero no se trataba de esta. La que tenía pensada (y  no sé si algún día escribiré) iba sobre un jugador de cartas (tramposo, por supuesto) y la dueña de un saloon. Y lo poco que sabía de ella era que iba a ser divertida.

Seguramente por eso está sin escribir, y es que muchas veces me pregunto por qué no hago más historias divertidas en lugar de buscar a conciencia personajes sufrientes y atormentados (¡sí! lo sé XD),  pero es que tengo una vena dramática que me pierde y me cuesta horrores evitar que las líneas argumentales se me llenen  de enfrentamientos, conflictos y desastres varios.

Así que cuando en noviembre del año pasado me invitaron a participar en una antología de relatos, me dije: Marisa, tú puedes. Escribe algo en lo que no pase ninguna calamidad. Y entonces me acordé de mi historia del oeste, pero en lugar del tahúr del Mississippy y la chica de moral distraída (imposible contar su historia en un relato) se me cruzaron unos protagonistas completamente distintos y con ellos llegó Forajido.
 

Es complicado escribir relatos. Tiene que aparecer la idea, pero no una cualquiera. Debe ser una que se pueda contar en poco espacio. En este caso el máximo eran diez páginas. Cuando terminé Forajido sabía que todo sucedía muy rápido, pero también pensé que formaba parte de la gracia del relato, que ocurriera aprisa, aprisa, aprisa. Además tenía la excusa de la imposibilidad de extenderme y como los protagonistas me gustaban mucho, estaba tan contenta con él y se lo enseñé a varias amigas, entre ellas a Lola (una de mis hadas madrinas favoritas y junto con Esther, cuerpo y alma de la Selección RNR ♥ ♥ ♥). Lola lo leyó y me dijo, así, tal cual: Está muy bien. ¿Dónde está lo que falta?


La imagen es de Bella Diamond  ♥  pero bien podía ser yo buscando Oklahoma en el mapa
Porque las cosas como son, cuando alguien tiene razón, hay que dársela, y el relato era divertido pero precipitado, y yo tenía claro lo que sucedía en la parte que omitía, pero no lo había desarrollado porque tenía que ceñirme al espacio previsto y era algo que había surgido  para la antología y no tenía intención de prolongarlo. Tampoco creía que la historia diese de sí para la extensión de una novela convencional (doscientas cincuenta, trescientas páginas), pero Lola me animó y me dijo: ¿por qué no ves a dónde te lleva? Y no te preocupes si no es muy largo. Solo cuéntala entera.

Y como la gente que te quiere bien siempre te trae cosas buenas, aquel relato de solo nueve páginas acabó llegando a las ciento veinte, y Tom el irlandés y Felicity McIntyre tuvieron su historia.

La otra consecuencia fue que tuve que escribir otro relato para la antología (y me salió un dramón. Era el destino) que fue Cosas rotas. En cuanto al original, lo modifiqué y amplié, y lo integré en la novela repartido entre el primer y el segundo capítulo. (En total son trece más el epílogo).

Quería compartirlo por aquí para que conozcáis a Tom y Felicity y para ver si os pasa como a Lola y también os deja con las ganas de descubrir la parte que falta. He quitado el final, porque no es plan sabotearme a mí misma, y porque los cambios llegaron justo a partir de ahí. Sigue siendo corta, se puede leer en un par de horas, pero más que si es corta o larga, me gusta pensar (con esta y con todas) que lleva las palabras que necesita. Ojalá que vosotros también lo penséis, y que consiga sacaros unas cuantas sonrisas (esa era la intención). Es divertida, es tierna, trepidante y os aseguro (de veras, palabra, prometido) que esta vez apenas hay drama...
 
 
VERSIÓN 0.0
Felicity McIntyre se detuvo junto a las puertas abatibles y miró a su compañera para infundirle ánimos.
—¿Lista, Constance?
—Cuando tú quieras —dijo su amiga un poco insegura.
Empujó la puerta con decisión. Si por Constance hubiera sido se habrían quedado en la escuela dominical, pero aquello no era suficiente para Felicity. Estaba dispuesta a llevar la Palabra donde más se la necesitaba.
El saloon estaba lleno de hombres y hedía a Bourbon, a vaca y a otros olores rancios y espesos. No se amilanó. Echó una ojeada a la clientela y enseguida localizó un posible objetivo.
—George Scott, debería darte vergüenza. Tu mujer acaba de dar a luz. Tienes dos pequeños más. Estarán esperándote en casa y tú mientras gastando el sueldo en alcohol.
El hombre retorció su sombrero, incómodo ante la mirada de censura de Felicity.
—Ha sido solo un trago, señorita McIntyre. Un hombre tiene derecho a un respiro después de una semana de duro trabajo.
—Eso mismo dijiste la última vez y estabas borracho cuando tu esposa se puso de parto. Si no hubiese sido por los Wharton, a saber qué les habría ocurrido.
Las mujeres miraron a George con reproche. El hombre esquivó sus miradas. Dejó el vaso a medias, musitó unas palabras confusas y se levantó del taburete tras depositar un arrugado billete de dólar sobre la barra.
—De todas formas ya me iba.
Felicity y Constance cruzaron sonrisas satisfechas. George no era mal hombre, pero le gustaba demasiado el whisky. Algunos más se levantaron siguiendo su ejemplo. El barman las miró con mala cara. Aquellas solteronas puritanas le espantaban a la clientela. Más de una vez había sostenido una violenta discusión con Felicity por ese mismo motivo, pero no había forma de hacerle desistir y cualquier cosa era mejor que oírla recitar versículos de la Biblia en medio del saloon.
Un hombre permanecía sentado aferrado a su vaso de bourbon. La cabeza inclinada con el sombrero ocultándole el rostro. La barba oscura y cerrada. El polvo de sus ropas indicaba lo que Felicity ya sabía, aquel tipo no era de por allí y solo estaba de paso.
Pero eso no fue motivo para desanimarla.
—Buenos días, hermano. ¿Sabe que Dios le ama y solo espera un pequeño gesto para volver a acoger en su amoroso seno a las ovejas descarriadas del rebaño?
Tom tenía muchas preocupaciones en la cabeza. Aunque pudiese parecer lo contario permanecía alerta a cuánto ocurría en el local. Había oído aquella voz aguda recriminar algo a un hombre, pero la había ignorado, pese a su tono molesto. Aquello no iba con él. Sin embargo, ahora sonaba demasiado cerca para hacer oídos sordos. Alzó el rostro y miró a la mujer por debajo del ala de su sombrero.
—Señora, no sé quién es ni me importa, pero se ha equivocado de hombre.
Felicity se quedó petrificada por efecto de aquella mirada. Era fría como el acero, peligrosa, profunda y tan definida como el resto de sus facciones. El mentón amplio y firme con un hoyuelo en medio de la barbilla que la barba no ocultaba del todo. La mandíbula cuadrada, los hombros anchos, el rostro curtido por el sol… Felicity estuvo a punto de abrir la boca y dar un paso atrás. Pero logró contenerse a tiempo.
—No estoy casada, así que llámeme señorita, señorita Felicity McIntyre. Y le advierto que no es nada considerado por su parte replicar en ese tono. «La respuesta amable calma la ira; la respuesta grosera aumenta el enojo». Proverbios 15:1.
El barman puso los ojos en blanco, pero Tom la miró con atención. Aparentaba unos treinta años. Gafas redondas, piel pálida y salpicada de pequeñas pecas, cabellos cobrizos recogidos y tirantes. El busto generoso, pero cubierto por un recatado vestido. Aire de maestra de escuela o de esposa del pastor. Su compañera lucía de un modo parecido, solo que era más mayor, más bajita y más tímida. No eran la clase de mujeres con la que estaba acostumbrado a tratar.
—Cuando necesite un predicador iré a la iglesia, pero ahora estoy en un bar. Diría que es usted la que está en el lugar equivocado.
Varios aplausos sonaron al fondo de la barra, aunque se apagaron ante la expresión llena de justa indignación de Felicity. Aquel forastero tenía algo que hacía que no pudiese apartar los ojos de él, pero no se iba a dejar comer el terreno.
—El Señor está en todas partes, incluso aquí, y nada puede impedir que haga oír su voz.
Quizá la palabra de Dios fuese omnipresente, como decía Felicity, pero algo hizo que callase, incluso antes de que Tom pudiera contradecirle.
Tres hombres entraron en el saloon bloqueando la luz del exterior y la puerta. El silencio se hizo a su alrededor. Las pistolas en las cartucheras. La placa de sheriff reluciendo en la camisa.
—Buscamos a Thomas Rafferty, también conocido como Tom el irlandés. ¿Alguien lo ha visto?
La atmósfera se volvió quebradiza. Entonces Felicity recordó los pasquines ofreciendo la recompensa. La imagen de pronto se le antojó familiar. Se volvió hacia el hombre que tenía a su derecha. Había vuelto a hundir el rostro bajo el ala del sombrero, pero su mirada se cruzó veloz y nerviosa con la de Felicity.
Y el caos se desencadenó.
Él adivinó que lo había reconocido. Felicity apenas tuvo tiempo de ahogar un grito. En un abrir y cerrar de ojos se vio rodeada por los brazos de hierro de Tom. Empuñaba un revólver y apuntaba hacia el sheriff usándola a ella como escudo.
—Dad un solo paso y abriré fuego.
Constance gritaba con chillidos cortos y repetidos, pero Felicity no se atrevía a respirar. Por otra parte, Tom la sujetaba con tanta fuerza que era difícil hacerlo. Los hombres mantenían los brazos abiertos y separados del cuerpo, dispuestos a sacar sus armas al menor descuido. Pero Tom Rafferty les llevaba ventaja. Estarían muertos antes de desenfundar.
—Voy a salir de aquí y si me seguís o intentáis cualquier cosa, ella pagará las consecuencias. ¿Lo habéis comprendido?
—Suéltala, Rafferty —dijo el sheriff—. No empeores las cosas.
—¡Déjeme! ¡Suélteme le digo! —gritó Felicity luchando por recuperar el aliento.
—¡Calle y camine! —ordenó él, retrocediendo con ella hacia la puerta de atrás. Era lo primero que hacía Tom cuando llegaba a cualquier sitio: estudiar las posibles salidas.
En su huida estuvieron a punto de tropezar con un hombre que descargaba cajas de whisky de un carro. Tom no se lo pensó. Cogió a Felicity por la cintura, la alzó al pescante, subió de un salto, tomó las riendas y arreó con furia a los caballos. El carro salió dando tumbos calle abajo. Cuando el sheriff y sus hombres dispararon sus revólveres, las balas pasaron silbando a su alrededor, pero no los alcanzaron. 
A Felicity el corazón estaba a punto de escapársele por la garganta. Se sentía tan alterada que olvidó incluso rezar. ¿Qué había hecho ella para que le ocurriera aquello? Era una buena cristiana. Hacía cuanto podía por ayudar. Trabajaba sin parar desde que se levantaba hasta que anochecía. Sus padres, pastor presbiteriano él y esposa devota ella, le habían enseñado desde pequeña lo importante que era honrar a Dios en todos y cada uno de nuestros actos. Felicity había dedicado su vida a esa exaltación. De hecho, la mayoría de los hombres que conocía la consideraban demasiado exaltada. Pero eso no la desanimaba y seguía obrando como le dictaba su conciencia.
—¡Qué va a hacer conmigo! —gimió.
—¡Calle y agárrese
Un futuro desolador se dibujó ante sus ojos. ¿Qué pensaba hacer ese hombre con ella? Era un bandido, un salteador, un forajido. ¿Por qué la habría llevado consigo? Seguramente la mataría para no dejar testigos o la abandonaría en medio de la nada y se las tendría que ver con los coyotes y las heladas nocturnas, antes de morir de hambre y sed. Tal vez incluso la forzase antes de abandonarla en medio de la nada para que los coyotes, las hienas y las heladas nocturnas…
Así de poco alentadores eran sus pensamientos cuando ya bastante alejados del poblado una de las ruedas se salió del eje. El carro volcó. Los arneses que sujetaban a los caballos cedieron y los animales continuaron corriendo pero sin ellos, que salieron despedidos por los aires.
Tom estaba acostumbrado a caídas parecidas. Rodó sobre sí mismo sin sufrir mayores males, pero Felicity se quedó sin sentido en el suelo. Él se incorporó y fue a auxiliarla.
—Señora... señorita —corrigió azorado, tratando de recordar su nombre—, Felicity, ¿se encuentra bien?
Las gafas estaban rotas y partidas por la mitad. Varios mechones de cabello se habían escapado del recogido e incluso el vestido estaba maltrecho. Algunos botones se habían roto por la presión y dejaban ver la camisa interior de hilo. Era como si un vendaval le hubiese pasado por encima. Ella abrió los ojos y lo miró sin comprender.
—¿Quién es usted?
Tom respiró aliviado.
—Espere. Le daré algo que la reanimará.
Fue a lo que quedaba del carro. Encontró una botella de whisky que milagrosamente no estaba rota. La abrió, vertió un poco en una taza y se la llevó. Ella bebió sin protestar, pero empezó a toser en cuanto el líquido bajó por su garganta. Eso sí, el efecto fue inmediato. Todo volvió de golpe a su cabeza.
—¡Usted! ¡Usted me ha secuestrado!
—¡Baje la voz! —No se veía a nadie a varias millas a la redonda, pero no podía arriesgarse.
Ella lo miró furiosa. Sus ojos brillaban, mucho más ahora que había perdido las gafas.
—Gritaré todo lo que quiera. ¿Qué va a hacer para impedírmelo? ¿Me golpeará? ¿Me disparará con ese revólver? ¿Se atreverá a usarlo contra una mujer indefensa? Que Dios se apiade de su alma si lo hace. Pienso alzar la voz cuanto se me antoje. ¡Socorro! —gritó—. ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!
Tom pensó en qué podía hacer para callarla. Felicity lucía desafiante y despeinada. Solo se le ocurrió una idea. La cogió entre sus brazos, la estrechó contra él y la besó.
Al principio Felicity no supo qué hacer. Le cogió tan de improviso que la misma sorpresa la enmudeció. Luego trató de soltarse, pero fue imposible, tenía mucha más fuerza que ella. Después pensó que era la primera vez que la besaban. No era algo que le ocurriese todos los días. Aquello merecía un poco de su atención.
Era tan cálido, igual de ardiente que el whisky. La barba le arañaba el rostro, pero sus labios eran suaves y sus manos, a pesar de sujetarla, no le hacían sentir aprisionada. Entonces Felicity comprendió: no solo no le disgustaba que Tom, el irlandés, la besara, sino que se sentía impulsada a abrazarse a su cuello y devolverle el beso.
Tom dudó. Lo había hecho sin pensar. Se suponía que ni siquiera le gustaba aquella mujer. Tenía todo el aspecto de una solterona. Era molesta y remilgada. Solo pretendía hacerle callar. Había esperado que se resistiese, y se había resistido, pero solo un poco, muy poco. De hecho en aquel instante se dejaba besar y Tom descubría que le gustaba su tacto suave y el olor a agua de colonia que se escapaba de su vestido entreabierto...
         
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Y gracias siempre por querer leer.

25 de agosto de 2016

Lo que hice este verano


Hace tanto que no actualizo el blog que no he querido ni mirar cuando fue la última vez, pero estoy segura de que ha pasado por medio todo el verano.

El verano es mi estación favorita, seguramente por lo mismo que para la mayoría de vosotros. El ritmo se ralentiza, hay menos prisas, los días son largos, las noches aún más... Y es verdad que aún no ha acabado, pero ya está dando las boqueadas. Me quedan algunos días libres que serán para desconectar (si consigo resistir la tentación de las zonas de WIFI gratis ) y luego ya la vuelta a la jornada completa y los horarios más rígidos, pero también a esas cosas por las que llevas tiempo esperando y querrías que los días corriesen un poco más aprisa.

Próximo destino. Y no, no es para documentarme, es solo placer ;)




Este verano me ha dado de sí para leer novelas que tenía pendientes, como Irene de Pierre Lemaitre, que se me antojó desde que se publicó, y me gustó mucho pese a su negro negro final. Novela policíaca con literatura dentro de la literatura y uno de esos estilos que demuestran lo difícil que es escribir con sencillez, sin necesidad de grandes alardes y a la vez haciendo que sea imposible despegarse de la lectura.

Y la culpa fue de la portada aunque luego no correspondió con lo que yo creía

También vi la serie de la que todo el mundo habla, Strange Things, y aunque siempre sospecho un poco de las cosas que gustan "a todos", reconozco que me ganó por completo. Nostálgica, llena de homenajes a los ochenta, con un buen guión, interpretaciones convincentes y una chica que pasa directa a mi top de heroínas. Lo siento si no la habéis visto, pero no me puedo resistir a dejar el gif de mi escena favorita, esa en la que te dan ganas de levantarte y aplaudir.

Ella es Once, y sí, está muy loca, pero es genial


Luego hubo una semana de julio que tenía prácticamente libre, y había hecho planes, pero todo se desbarajustó porque se alinearon las coincidencias, y varias cosas que tienen fechas muy distintas convergieron a la vez.

En una misma semana y sin esperarlo recibí la corrección de Forajido, las galeradas de la edición en papel de Tú en la sombra y el correo solicitando la versión definitiva de El último baile. Y no, esa no es la portada, pero otra de las cosas que hice (que hicimos, gracias por la ayuda, Cris, Lidia) fue buscar imágenes que sirvieran para ilustrar a Lilian y Andreas. Fue emocionante y desconcertante a la vez. Cuando releo dejo a un lado todo lo demás y lo que más me gusta es lo que tengo entre manos, pero esta vez fue como ser infiel conmigo misma, no sabía a quién querer más.

Vale, sí que lo sé, pero es que hay cosas que no se pueden evitar

Pero dejando a un lado esa semana, la realidad es que los protagonistas de mi verano no han sido ninguno de los anteriores, sino un nuevo amor. Todas mis últimas novelas (excepto Forajido que es la excepción que confirma la regla y por algo es más corta) las he escrito durante el verano. Este ha sido el año de Mathieu y Nadina.

Ella es Carey Mulligan, él esTheo James y los dos son inspiración.

No es plan hablar mucho de ella, entre otras cosas porque aún está a medias, pero puedo decir que la historia transcurre en París y que Mathieu es agente de los cuerpos de élite de la policía, de los que intervienen, por ejemplo, cuando hay un atentado terrorista. El caso es que lo que yo quería escribir es la historia de amor de Nadina y Mathieu (y la estoy escribiendo), pero (para variar) el argumento no tiene mucho en común con lo que se suele esperar de una novela romántica y, sin embargo, yo seguiré empeñada en defender que lo es. Pero todavía no, primero tengo que terminarla y confiar en que sea mentira eso que dicen de que los servicios de inteligencia vigilan todas las búsquedas sospechosas en Google. Porque, si es cierto, lo mismo cualquier día me encuentro con el ordenador requisado; y cuando me pregunten por qué estoy interesada en el ISIS y en averiguar cómo se adquieren armas en el mercado negro,  a ver cómo les explico que solo quería escribir una historia de amor...

Menos mal que en la misma carpeta también está Theo y se lo puede explicar

Así que ha sido un verano de muchas dudas y de preguntarme docenas de veces por qué me gusta tanto complicarme la vida y todavía no he encontrado la respuesta, pero mientras tanto Nadina y Mathieu llevan ya 238 páginas y aunque unos días me gustan más y otros menos, ellos sí me gustan; y lo de los géneros y ser o no ser romántica lo dejo para otra entrada, porque al fin y al cabo eso me lo pregunto igual en otoño, en verano, en invierno...

Esa es la cuestión


Y resumiendo para no alargarme más, que como todos los otros veranos, como todas las estaciones y los años enteros, el tiempo se me ha pasado volando. Pero eso sí,  ha sido intenso y no me importa en absoluto que llegue el otoño. No solo por lo que ha de venir, es que así llegará antes el próximo verano.



28 de mayo de 2016

Por qué me gustan tanto los antihéroes

Hay gente a la que le gusta coleccionar ranitas de colores, otra a la que le encantan los doramas coreanos, a algunas les pierden los zapatos o los bolsos. A mí me gustan los antihéroes.


Es un concepto aparentemente claro, pero que cuesta sintetizar. Por eso me he ido a la wikipedia y me he encontrado con esto:

Un antihéroe hace referencia a un personaje de ficción que tiene algunas características que son antiéticas comparadas con las del héroe tradicional. Un antihéroe generalmente realizará actos que son juzgados "heroicos", pero lo hará con métodos, intenciones o motivos que no lo son.

Y también dice la wiki que uno de los primeros antihéroes literarios fue El Quijote. Así que con ese ilustre precedente, paso a detallaros por qué me gustan tanto los personajes que van a contracorriente.

Porque siguen siendo héroes. Aunque resulte paradójico es la verdad. Por mucho que lleve el anti delante, no hay que dejarse engañar. Lo dice la definición: realizará actos heroicos, solo que a su manera. Usando trampas o sin pretenderlo, echando a perder todos sus presuntos planes malvados por la causa más nimia y desinteresada, dejándose humillar miserablemente. Ellos son así. Cualquier cosa con tal de desconcertar a sus antagonistas y de paso a los lectores.

Scarlett, querida, te voy a abandonar en medio de la nada para unirme
 al derrotado ejército confederado, pero bésame antes... Ese es mi chico.
Son más divertidos. A diferencia de los héroes de una sola pieza o de los villanos netos, los antihéroes se mueven por las amplias zonas del gris. Pueden actuar con nobleza en una circunstancia y con vileza en la siguiente. Son más imprevisibles. Dan más juego.

Son más reales. Quizá no sea un factor decisivo. Leemos o vemos series y películas para evadirnos y también para encontrar lo que echamos en falta en la vida real, pero para mí sí es importante. De niña, cuando fantaseaba (que era casi todo el tiempo), me gustaba imaginar situaciones posibles (tan posibles y variadas como que era una rock star o me enamoraba de un espía de la KGB, pero no es mi culpa que la KGB desapareciera unos pocos años más tarde ni que nadie haya descubierto mi talento para llegar a las notas más altas). La realidad es un plus. Es cierto que existen hombres y mujeres llenos de virtudes, generosos, abnegados, asertivos y con la habilidad de tomar siempre la decisión más acertada para ellos y para los que los rodean, pero también existimos los demás.

Pueden mejorar. Lo que no ocurre en alguien que ya viene perfecto de serie. Y me gusta especialmente que suceda en una novela romántica, que cambien por amor, y que lo hagan  a mejor. Pueden redimirse. ¿Y no os parecen heroicas y muy románticas las redenciones? Emocionantes, gratificantes y con un mensaje positivo ;)

No lo han tenido fácil. (Y ese es otro de mis leiv motiv: me gusta lo difícil). Son rebeldes, sufren, arrastran culpas, suelen tener su propio código moral, un pasado trágico a cuestas o cuando menos complicado, heridas, desengaños... historia. Cuando los conocemos mejor, entendemos sus motivos, incluso simpatizamos con ellos y, con un poco de suerte, les perdonamos.

No pretenden salvar a nadie. Su propia condición de antihéroes se lo impide. Aunque en el fondo lo estén deseando, las formas les pierden. No se puede confiar en ellos (y les sienta fatal, las contradicciones también van en el lote), así que ellas se tienen que salvar solas. Esa es otra razón por la que no me atraen los argumentos protagonizados por los héroes clásicos. Aquellos en los que había que rescatar a la chica atada a las vías justo un segundo antes de que el tren las arrollara. Y no es que ellos tuviesen la culpa, pero es que es tan aburrido limitarte a esperar que vengan a salvarte...
Aquí una mujer inteligente, mejor que te aten a ti y yo te salvo
No son posesivos. No son dominantes, no son poderosos, no tienen el control. Lo digo porque a veces se suele oponer a la figura del héroe, del protagonista bueno y noble, ese otro arquetipo. Y a mí modo de ver, ese hombre protector (en exceso) y triunfador (hasta el orgasmo) es más una perversión del concepto de héroe que un auténtico antihéroe. Es más, a los antihéroes nunca les sale todo bien, lo normal es que las contrariedades se les acumulen.

Porque ellas también pueden. Porque la antiheroicidad (mira que suena mal esto) no se refiere solo a los roles masculinos. Tampoco ellas tienen que ser siempre y en todo momento sufridas y perfectas, ingeniosas, compresivas y competentes, saber curar una herida de bala y traducir el griego del revés. También pueden ser antiheroínas.

Tanto me gustan que, si me paro a pensarlo, diría que todos mis protagonistas están incluidos en esa franja (que es muy ancha). Sin embargo, no ha sido premeditado, son solo esas razones de ahí arriba. Pero si he escrito ahora esta entrada, es porque desde hace algunas semanas tengo en mente a un protagonista distinto. Alguien honesto, comprometido, entregado y sin equivocaciones en su pasado por las que lamentarse. Un hombre que aún cree que es posible hacer una diferencia y que lo pone todo de su parte para conseguirlo, y al que no le importa que los demás crean que es ingenuo o estúpido ser idealista. ¿Y sabéis qué? También me gusta ese hombre.

Pero como aún es pronto para hablar de él, ¿os apetece que charlemos sobre los otros? Decidme, ¿os atrae la ambigüedad moral o agradecéis que los malos sean muy malos y los buenos muy buenos? ¿Tenéis un antihéroe favorito o, por el contrario, alguno que odiéis? ¿Creéis que he arrimado mucho el ascua a mi sardina y se me ha olvidado mencionar los inconvenientes? Seguro que sí, pero es lo mismo que me pasa con mis protas, acabo perdonándoselo todo, incluso cuando menos se lo merecen.